Reflexiones: las huellas de nuestro pasado reciente




Las cañas invaden un poste eléctrico. Las flores se abren paso entre barrotes desconchados y vallas torcidas. Y es que, al final, la naturaleza sigue su curso y reescribe su camino para volver a la vida.    

Me encuentro en una casa abandonada, testigo del paso del tiempo. Tejas antiguas cubiertas de moho dan sombra a una ventana, cuya antigua mosquitera enrejada cuelga por uno de los laterales, deshecha. El sol se cuela por un agujero abierto en el tejado. Ya no podía sostener más el devenir del tiempo, ese que, silenciosamente, acechaba su estructura. Sobre los ladrillos y piedras pesan los años que se van y los nuevos que llegan, resistiendo al frío, a la lluvia, al sol y al viento. Resguardándose como puede, añorando mejores tiempos.


Todos estos lugares que podemos encontrar dando un pequeño paseo, tienen mucho que contar, aunque al principio no lo percibamos. No se trata solo de una casa ruinosa, destartalada, sucia y perdida en medio de la nada. Es mucho más que eso.

No hace falta contemplar una ruina histórica para sentir emoción o nostalgia sobre la belleza de ese lugar o sobre los que allí vivieron, rieron, lloraron y, en definitiva, encontraron cobijo tras aquellos muros. Si tan solo transformamos nuestra mirada y la convertimos en objeto contemplativo, podremos ver más allá de un agrietado muro y una viga carcomida.

Se trata de una obra del ser humano, una construcción de nuestro pasado más reciente, que refleja la sencillez y a la vez la complejidad de la vida. Sin adornos, sin destellos culturales evidentes, pero convirtiéndose en historia de forma involuntaria e inevitable.

Algunas viviendas como esta sobrevivirán, otras serán demolidas y algunas serán reformadas o transformadas. Pero nunca debemos olvidar que, antes de llegar nosotros aquí o cambiar algo, alguien colocó esa primera piedra con el sudor de su frente. Esa piedra de la que ahora brotan las plantas silvestres. No olvidemos el pasado, sea más lejano o más reciente. Miremos atrás de vez en cuando y valoremos lo que fuimos y lo que somos o gracias a qué o a quienes estamos aquí. Qué vestigios nos dejaron y qué huellas bonitas podemos crear a partir de ellos.

Y aunque se pierda ese testimonio silencioso construido en piedra, transmitamos el conocimiento y la sensibilidad a las nuevas generaciones. Tanto el afán por conservar lo máximo posible como el de conocer y cuidar lo nuestro. Porque un pueblo que no conoce su historia, sea cual sea, no tiene memoria ni identidad. Tampoco tiene sentido alguno, ni presente ni futuro posible.


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